El Pabellón J fue el espacio que albergó, hasta fines del año 80, las carreras de Pedagogía en Castellano y Literatura y Lingüística en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. Estaba situado dentro de lo que hoy acoge a la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación (UMCE), territorio que popularmente se conoce en Santiago como “El Peda”. Desde los primeros años de la dictadura, el Instituto Pedagógico fue duramente reprimido e intervenido, proceso que cobró víctimas dentro de la comunidad universitaria. Esta situación funcionó con una lógica de espionaje, soplonaje y control, que llevó incluso a establecer oficinas de los servicios de seguridad al interior de los mismos espacios educacionales. Pese a esto, «El Peda» fue uno de los primeros lugares universitarios de la Región Metropolitana en contribuir a la reactivación del movimiento social y político a través de acciones artístico-culturales, movilizaciones de denuncia y labores solidarias. El presente Archivo Oral se centra en esta experiencia, con las narrativas de una treintena de personas que pasaron por las aulas y patios del Pabellón J. Sus testimonios se centran en los primeros diez años de la dictadura, periodo en el que se llevó a cabo un proceso que, desde las bases, marcó un precedente de lo que vendría en años posteriores y sin el cual no habría sido posible la movilización social de masas para la recuperación democrática.
Extractos de entrevistas realizadas a lo largo de todo Chile, a personas que cumplieron un rol significativo en la resistencia cultural contra la dictadura entre 1973 y 1990. En esta cápsula temática se da cuenta del rol político y social de la cultura y las diferentes expresiones artísticas, así como también las acciones que se dieron en las diferentes regiones de Chile.
La resistencia cultural también fue foco de persecución y violencia política lo que, a pesar de poner en riesgos a quienes participaron de ella, no logró detenerles ni callar su voz, lo que se puede ver hoy en el legado que trasmitieron a las nuevas generaciones de artistas.
Ambos llegan desde el norte de Chile a la ciudad de Coyhaique en la década de los ’80, contando cada uno con una trayectoria en el ámbito de la cultura. En esta ciudad encuentran un espacio de expresión artística y de resistencia política del que se hicieron parte. Tanto en el Sindicato de la Construcción como en el Galpón y La Peña, se generaron las instancias culturales, de encuentro social y reorganización política que posibilitaron la conformación de un movimiento local en contra de la dictadura. Tal como en otras regiones del país, en Coyhaique se comenzaron a abrir espacios culturales y de expresión social, donde se pudo problematizar la realidad que se estaba viviendo, marcada por la cesantía, la represión y las permanentes amenazas. A pesar de las dificultades el mundo de la cultura jugó un rol protagónico para conseguir el fin de la dictadura.
Rodolfo Seguel Molina, dirigente sindical, político y militante de la Democracia Cristiana nacido en Rancagua. Entra trabajar a la mina «El Teniente» de Codelco en 1974, donde se inicia como dirigente sindical. Posteriormente se integra al Sindicato Profesional de Caletones y más tarde asume como Presidente de la Confederación de Trabajadores del Cobre, desde donde tuvo un rol fundamental en la reactivación del movimiento social de los trabajadores en dictadura. Fue nombrado Presidente del Comando Nacional de Trabajadores del Cobre, desempeñándose hasta 1987. Con el fin de la dictadura, fue electo diputado por el Distrito 28 de la Región Metropolitana (Lo Espejo, Pedro Aguirre Cerda y San Miguel) por cuatro periodos entre 1989 y 2005. Actualmente es Consejero Regional (CORE) de la Región Metropolitana.
Manuel Guillermo Jiménez Méndez relata su experiencia como militante de las Juventudes Socialistas y miembro de la Brigada de Propaganda Elmo Catalán en 1973. Fue detenido el 28 de septiembre de 1973 en su casa por militares, siendo trasladado al Regimiento de Telecomunicaciones de Iquique, donde sufrió torturas físicas y psicológicas junto a otros detenidos.
Durante su encarcelamiento en el Regimiento de Telecomunicaciones, fue sometido a interrogatorios brutales con descargas eléctricas y golpes. Menciona el uso de la «parrilla» y cómo fue testigo de torturas a otros prisioneros como Bretón y Marín.
Posteriormente fue llevado a Pisagua junto a otros detenidos, incluyendo miembros del Partido Socialista y profesores. Allí vivió condiciones inhumanas: interrogatorios violentos, golpizas colectivas y la privación de alimentos. Fue testigo del fusilamiento de Germán Palomino y la sentencia a muerte de Luis Fuentes López, aunque este último fue finalmente salvado.
Tras un juicio militar injusto, fue relegado a Pichilemu, donde trabajó como garzón y en incendios forestales. A su regreso a Iquique, participó en la organización de movimientos de derechos humanos como la Agrupación de Presos Políticos y Ejecutados Políticos. Finalmente, menciona que colaboró con la Vicaría de la Solidaridad y dio su testimonio en procesos judiciales contra responsables de violaciones de derechos humanos.
Enrique Silva Olivares, nacido en Tucumán, Argentina, de padres chilenos, relata su vida marcada por la militancia política y la represión durante la dictadura. Tras la muerte de su madre, se trasladó a Iquique, donde creció en un entorno de activismo político. Participó activamente en el Partido Socialista junto a otros militantes y realizó diversas tareas clandestinas antes y después del golpe de Estado de 1973.
Silva describe su participación en actividades políticas desde joven, incluyendo la distribución de panfletos y enfrentamientos con fuerzas represivas. Menciona su trabajo en Radio Esmeralda y su relación con varios dirigentes políticos, incluidos Jaime Quintanilla y Nino Lama. Explica que fue detenido tras el golpe de Estado y sometido a torturas físicas y psicológicas en distintos centros de detención, incluyendo Pisagua, donde fue testigo de abusos y asesinatos.
Silva, además, detalla métodos de tortura como golpes, colgamientos y simulaciones de ejecución. Relata su paso por el «Muro de los Lamentos» en Pisagua y menciona que sus torturadores buscaban información sobre actividades políticas y tráfico de armas, acusaciones que él niega constantemente. Fue condenado a seis meses de cárcel y tres años de relegación en Chiloé.
Gracias a la intervención del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), Silva evitó la deportación a Argentina, donde el golpe de Estado de allí ponía su vida en peligro. Fue acogido como exiliado político en Francia, donde vivió trabajando y apoyando a movimientos de izquierda. En Francia, enfrentó dificultades de salud derivadas de las torturas sufridas en Chile, incluyendo problemas pulmonares, cáncer de próstata y trastornos musculoesqueléticos.
En 1992, regresó a Chile con su familia, enfrentando problemas económicos y de salud persistentes.
Menciona a Jaime Quintanilla, Nino Lama, Freddy Taberna, David Enrique Norambuena, Miguel Ángel Castro, Palomino, Eugenio Vargas, Héctor Palenque Cisterna, Mario Muñoz y Mario Magne.