Mario Magne creció enfrentando dificultades económicas y trabajando desde joven para apoyar a su familia. Fue un líder sindical y militante del Partido Socialista, involucrado en actividades políticas y sindicales durante el gobierno de la Unidad Popular.
Con el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, Mario fue perseguido y detenido el 28 de septiembre del mismo año. Durante su detención, fue brutalmente torturado en el regimiento de Telecomunicaciones de Iquique, donde enfrentó golpizas, simulacros de fusilamiento y abusos extremos.
Posteriormente, fue trasladado al campo de prisioneros de Pisagua, donde estuvo sometido a trabajos forzados, frío extremo, hambre y constantes amenazas de muerte. Fue testigo de torturas y ejecuciones de compañeros. Relata cómo los presos desarrollaron estrategias de supervivencia basadas en la solidaridad y la resistencia.
Mario también describe lo que pasó tras su liberación, enfrentando listas negras que le impedían encontrar trabajo. A pesar de todo, logró formar una empresa constructora, ayudando a otros ex presos políticos.
Menciona a Rodolfo Fuenzalida, Marcelo Guzmán, Freddy Taberna y Ernesto Pérez, Carlos Valdivieso, Andrés Carlos, Jorge Marín y William Millar, Arturo del Solar Jara y Mario Acuña.
Luis Tapia Hidalgo fue estudiante y deportista en su juventud, militaba en las Juventudes Socialistas, siguiendo los pasos de su padre. En agosto de 1973 fue detenido injustamente bajo acusaciones falsas de participar en actividades subversivas, pasando una semana encarcelado. Tras el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, vivió con temor constante. El 28 de septiembre fue detenido nuevamente mientras huía de los militares que lo buscaban en su barrio.
Luis fue llevado al regimiento de Telecomunicaciones de Iquique, donde sufrió brutales interrogatorios y torturas: golpes, quemaduras de cigarrillos y simulacros de fusilamiento. Posteriormente fue trasladado a un container de metal, donde permaneció en condiciones inhumanas antes de ser llevado al campo de prisioneros de Pisagua.
En Pisagua, enfrentó trabajos forzados, más torturas y violencia extrema por parte de los militares. Describió casos específicos de otros prisioneros, como Nelson Márquez y Andrés Carlos, quienes sufrieron abusos y castigos hasta ser asesinados o quedar psicológicamente destruidos.
Luis también recordó su participación en el Consejo de Guerra, donde fue condenado a dos años de prisión. Fue trasladado a la cárcel de Iquique, donde enfrentó nuevas dificultades para encontrar trabajo y continuar sus estudios tras ser liberado. Sin embargo, logró reconstruir su vida, formando una familia y criando a dos hijas profesionales.
Pedro Segundo Aguilera Sánchez, nacido el 30 de diciembre de 1953 en la ex Oficina Salitrera de Victoria, fue detenido durante la dictadura militar debido a su militancia en las Juventudes Socialistas y su participación activa en movimientos estudiantiles y laborales. Desde joven, se comprometió con la lucha por la justicia social, lo que lo llevó a ser dirigente estudiantil y militante activo.
En 1973, tras el golpe de Estado, fue detenido cuando intentaba regresar a su hogar. Pasó por varios centros de detención, incluyendo el Regimiento de Telecomunicaciones de Iquique y el campo de prisioneros de Pisagua, donde sufrió torturas, golpizas y condiciones inhumanas. Fue testigo de ejecuciones, así como los fusilamientos de compañeros socialistas y asesinatos en circunstancias violentas.
En Pisagua, enfrentó interrogatorios constantes y trabajos forzados. Sin embargo, resalta la solidaridad que se generó entre los prisioneros, quienes organizaban actos culturales y actividades clandestinas para mantenerse cuerdos.
Fue condenado en un consejo de guerra a un año de prisión por cargos fabricados de formar brigadas paramilitares. Cumplió su sentencia y fue liberado, aunque siguió bajo vigilancia policial durante un año, enfrentando acoso constante.
Post golpe, continuó trabajando clandestinamente para el Partido Socialista, organizando sindicatos y movimientos obreros en Iquique.
Rosendo Pinto Zegarra, conocido como Colín, relata su experiencia como detenido político durante la dictadura. A sus 71 años, comparte su historia, comenzando por su vida antes del golpe de Estado. Era un trabajador dedicado a su familia, sin vínculos políticos ni participación en organizaciones sindicales. Trabajaba largas jornadas en la fábrica de pilas en Iquique y estudiaba por las noches para mejorar sus perspectivas laborales.
En noviembre de 1973, fue detenido en su casa sin explicación alguna durante el cumpleaños de su hija. Lo llevaron primero a un centro de detención en Iquique, donde sufrió torturas físicas y psicológicas: simulacros de fusilamiento, golpizas, y amenazas constantes. Después de varios meses, lo trasladaron al campo de concentración de Pisagua. Allí, enfrentó condiciones extremas: trabajos forzados, interrogatorios, humillaciones y más torturas.
Su liberación llegó tras un juicio militar lleno de acusaciones falsas, siendo relegado a Magallanes por un año. El retorno a la vida civil fue difícil. Sufrió discriminación social, aislamiento familiar y dificultades laborales debido a sus antecedentes políticos. Su hija nunca volvió a relacionarse con él como antes, y su familia se fragmentó.
Marino era locutor radial y presentador del programa musical «Tardes Musicales» en la Radio Esmeralda. No tenía afiliación política. Su vida cambió tras el golpe militar, cuando militares detuvieron a varios de sus colegas. Marino intentó mantenerse al margen, creyendo que su trabajo en la radio lo protegería. Fue arrestado durante un allanamiento violento en su casa. Los militares saquearon sus pertenencias y lo trasladaron a una instalación militar. Allí fue sometido a torturas físicas y psicológicas, para luego ser trasladado a Pisagua.
En Pisagua participó en trabajos forzados como carpintería, fabricando muebles para oficiales militares. Organizó espectáculos y obras teatrales para los prisioneros y militares, actuando bajo el personaje de «Pimpón». Además fue testigo de ejecuciones y violencia sistemática contra sus compañeros.
Fue liberado junto a otros prisioneros tras varios meses. El miedo a ser ejecutado durante el traslado fue constante. A su regreso, enfrentó el rechazo de antiguos amigos por temor a represalias. Sin embargo, encontró refugio en el folclore, participando en giras internacionales con un grupo cultural. Años después, se encontró con algunos de sus torturadores, enfrentándolos con dignidad.
Menciona a: Andrés Carlos, René Medina, Cholo Granadero, «Loco» Márquez.
Orlando Herrera trabajaba en Fertilizantes filial de CORFO y era locutor deportivo en la radio El Salitre. Militante comunista, asumió roles como secretario de propaganda, distribuyendo revistas y diarios del partido. Previo al Golpe percibía el inminente golpe militar debido a la creciente hostilidad y persecución de militantes de izquierda.
Fue detenido el 4 de diciembre de 1973 en su casa mientras cenaba con su familia. Tres hombres de civil lo llevaron al regimiento de telecomunicaciones. Trasladado a Pisagua en condiciones inhumanas, lo obligaron a bajar del camión con golpes y culatazos, despojándolo de sus pertenencias. Dentro de Pisagua describió golpizas, simulacros de fusilamiento, privación de alimentos y agua, y castigos colectivos bajo acusaciones infundadas de insurrección. Fue sometido a interrogatorios violentos, incluyendo agresiones físicas y amenazas de muerte. Además, cuenta que durante la víspera de Navidad, los prisioneros fueron golpeados brutalmente tras un montaje que acusaba un intento de motín.
Orlando también cuenta que su madre falleció de cáncer mientras él estaba detenido. Se le negó el permiso para visitarla antes de su muerte, aunque los oficiales militares finalmente le ofrecieron condolencias formales, algo que le causó una profunda impresión.
Posteriormente fue procesado en un consejo de guerra junto a otros prisioneros, acusado de reuniones clandestinas. Como consecuencia, fue enviado a Quillota gracias a la intervención del obispo Monseñor del Valle, quien lo recomendó para protección. Allí encontró trabajo gracias a su hermano, suboficial mayor y alcalde subrogante de la localidad. A su regreso, enfrentó vigilancia constante y dificultades laborales. Fue despedido varias veces y tuvo que trabajar en condiciones precarias.